Hace unas semanas tuve una experiencia muy interesante con una persona que se cruzó en mi camino en un curso de yoga.

Su cara mostraba años de dolor, excesos de alcohol y un estilo de vida altamente auto-destructivo. Su carácter duro no le ayudaba y tendía a juzgar a todos en voz alta, lo cuál lo alienaba aún más del resto del grupo. Tiene 25 años pero parece de 35.

Una compañera me dijo, “ojalá nunca te toque trabajar con él como pareja, yo me puse muy nerviosa y él no me trató muy bien”.

Dicho y hecho, al día siguiente fue él quien me tocó al lado como pareja de trabajo. Ese día yo estaba con dolor de cabeza y me sentía muy cansada. Lo último que necesitaba era una pareja difícil. Lo vi sentarse a mi lado marcando una distancia obvia que dejaba claro que la tarde no iba a ser fácil.

Yo, por mi parte, estaba sentada abrazando mis rodillas y mi cabeza colgaba mostrando una profunda frustración. Lo último que quería era tener que trabajar con él y me preguntaba: ¿por qué es que mi suerte siempre me juega tan malas pasadas?, ¿por qué me tocan las peores parejas?

Lo volví a ver con ojos serios y le dije, “Está lloviendo?” No, fue su respuesta. Con la peor voz de reclamo que pude externar le respondí: “Entonces, ¿por qué vienes empapado?” “Porque vengo del mar”, fue su respuesta. Genial, pensé. Encima de que tengo que trabajar con alguien con quién no quiero, está empapado. Ahora tendré que ayudarle a hacer las poses con mis manos limpias; seguro que además huele mal. Hundí de nuevo mi cabeza entre mis brazos y comencé a darle vueltas a mi supuesta mala suerte.

Mientras por mi cabeza cruzaban todas las quejas del mundo y me regodeaba en una fiesta de “pobre de mí, así de mala es mi mala suerte” de repente algo en mi mente cedió y me dije a mí misma: “María José, llevas horas leyendo cada noche Un Curso de Milagros y trabajas enseñando amor, esta persona es una prueba en el camino, no la dejes pasar, reza y pide que los ángeles te quiten esos pensamientos y que lo puedas ver diferente. Cambia esa actitud o si no la vas a pasar mal el resto de la tarde.”

Así que eso hice. Comencé a rezar a los ángeles. Les pedí que por favor me ayudaran a ver a esta persona de manera distinta y me acordé de la frase de Un Curso de Milagros que dice que no hay amor que no sea el de Dios. De hecho, justamente la noche anterior había estado leyendo un párrafo que decía que todos somos hijos de Dios, absolutamente cada uno de nosotros fue creado con los ojos de amor de Dios, con la inocencia del amor y con un amor infinito de un mismo Creador. Sólo hay un sentimiento válido y ese es el del amor. Me concentré en sentir ese sentimiento hacia el extraño al lado mio también.

El párrafo dice:

No hay otro amor que el de Dios.

Tal vez creas que hay diferentes clases de amor. Tal vez creas que hay un tipo de amor para esto y otro para aquello; que es posible amar a alguien de una manera y a otra persona de otra. El amor es uno. No tiene partes separadas ni grados; no hay diferentes clases de amor ni tampoco diferentes niveles; en él no hay divergencias ni distinciones. Es igual a sí mismo, sin ningún cambio en ninguna parte de él. Ninguna persona o circunstancia puede hacer que cambie. Es el Corazón de Dios y también el de Su Hijo. 

El amor no puede juzgar.” – Un Curso de Milagros, extracto de lección 127

Todos los seres sobre la tierra somos hijos del amor de Dios. Tú y yo. Sin excepciones.

Después de unos minutos de contemplación, me volví hacia él y con un tono diferente, ya más calmada, le pregunté cómo estaba sintiéndose ese día. Le dije que estaba feliz de poder trabajar con él y de poder conocerlo mejor. A partir de ahí, tuvimos una práctica fluida y nos reímos toda la tarde. Se portó con tanto respeto y cariño que me sorprendió. No me esperaba esa reacción tan positiva después de todo lo negativo que había escuchado acerca de él.

Una semana más tarde, en la graduación del curso de yoga, nos tocó decir unas palabras acerca de lo que aprendimos ese mes. Y él dijo: “Quiero agradecerle a MJ, porque me enseñó que es posible traer amor a cada persona que aparece en la vida”. Y luego, en privado, me dijo que cada vez que me ve siente un amor enorme adentro suyo. Me confesó que con una sola interacción, yo le había enseñado mucho sobre el amor. Lloré como pocas veces en mi vida, simplemente de agradecimiento a la vida por oportunidades como estas, por permitirme disfrutar de vivir.

Él vino a enseñarme lo que yo tenía que aprender. Me enseñó a ver a las personas difíciles con ojos de amor; a no juzgarlos y a verlos a través de los ojos de Dios. Me enseñó a entender que yo no soy superior ni inferior a él. Fui creada con el mismo amor y nada me da derecho a juzgarlo por la forma en que vive su vida.

Después me quedé pensando sobre todos los atentados terroristas y los eventos de las últimas semanas y pensé: ¿Y si también viéramos a los terroristas con ojos de amor?

¿Y si pudiéramos hacer un esfuerzo (enorme, lo sé) por no juzgar los actos que comenten, solamente observar y mandarles amor?

¿Sería tan terrible? ¿Se nos caería nuestra moral? ¿Nos dirán que estamos justificándolos y sentiríamos culpa?

Enviemos amor a los terroristas. No por ellos, si no por nosotros mismos, por el futuro de nuestro mundo.Porque nuestra sociedad necesita más amor y compasión, y las personas que cometen crímenes necesitan de nosotros hoy más que nunca.

Dejemos de lado nuestro sentido de superioridad y supuesta excelencia moral. Todos tenemos cierta responsabilidad sobre la forma en que este mundo se está desenvolviendo. Todos hemos contribuido a crear una separación entre nosotros y a crear la división “ellos vs. nosotros”. Hemos cometido el error de creernos moralmente superior a otras personas. Si queremos ver la paz mundial, la respuesta es: “Todos juntos”.  La respuesta está en la unidad.

Enviar amor a un terrorista no es justificar ni aceptar sus actos. Enviar amor es tomar el camino más noble y apostar por un futuro mejor. Es entender que Dios no quiere que esto ocurra con sus hijos y que nosotros, en nuestro corazón, tampoco. Es ponerle fin a un mundo irracional y completamente desquiciado en dónde nos matamos por intereses económicos y en dónde las oportunidades dependen en gran parte del lugar en el que nacimos. Es ponerle fin a esta ilusión en la que vivimos que todo lo juzga y lo separa.

La paz mundial llegará el día en que veamos que absolutamente todos los seres sobre la tierra fuimos creados por igual. 

Hay un mejor camino que las guerras y el dolor, el camino hacia la paz está formado por pequeños actos de amor que lograrán derribar las barreras que tanto nos dividen.

Enviar amor es el camino hacia la paz.

Espero que esta historia te inspire a enviar amor.

Con cariño, MJ

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